De dentro de mim não saio nem pra pescar.
Manoel de Barros
Ainda que se mova o trem,
tu não te moves de ti.
Hilda Hilst
"No fundo, poderíamos ser como na superfície", pensou Oliveira, "mas teríamos que viver de outra maneira. E o que quer dizer viver de outra maneira? Talvez viver absurdamente para acabar com o absurdo, sair de si mesmo com tal violência que o salto acabasse nos braços de outro. Sim, talvez o amor, mas o otherness dura para nós o que dura uma mulher, e além disso só no que toca a essa mulher. No fundo, não há otherness, apenas o agradável togetherness. É certo que isso já é alguma coisa..." Amor, cerimônia ontologizante, doadora de ser. E por isso lhe ocorria agora aquilo que na verdade lhe deveria ter ocorrido logo no início: sem se possuir a si mesmo, jamais poderia possuir a outridade. E, afinal, quem é que se possuía de verdade? Quem é que tinha a perfeita consciência de si mesmo, da solidão absoluta que significa nem sequer contar com a própria companhia, que significa ter de entrar num cinema ou num bordel, ou em casa de amigos ou numa profissão absorvente ou no matrimônio para estar pelo menos só-entre-os-demais? Assim, paradoxalmente, o cúmulo da solidão conduzia ao cúmulo do gregarismo, à grande solidão das companhias alheias, ao homem só na sala de espelhos e dos ecos. Todavia, pessoas como ele e tantas outras, que se aceitavam a si mesmas (ou que se repeliam, mas conhecendo-se de perto), entravam sempre no pior paradoxo, estar talvez à beira da outridade e não poder alcançá-la. A verdadeira outridade feita de delicados contatos, de maravilhosos ajustes com o mundo, não podia ser cumprida por um só lado: a mão estendida deveria receber outra mão, vinda de fora, vinda do outro.
Julio Cortázar
https://www.youtube.com/watch?v=wihEPmqrIL4
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sexta-feira, 20 de março de 2015
Colagem IV - Dentro
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Nação Zumbi
quinta-feira, 28 de agosto de 2014
Happy New Year
Mira, no pido mucho,
solamente tu mano, tenerla
como un sapito que duerme así contento.
Necesito esa puerta que me dabas
para entrar a tu mundo, ese trocito
de azúcar verde, de redondo alegre.
¿No me prestas tu mano en esta noche
de fin de año de lechuzas roncas?
No puedes, por razones técnicas. Entonces
la tramo en aire, urdiendo cada dedo,
el durazno sedoso de la palma
y el dorso, ese país de azules árboles.
Así la tomo y la sostengo, como
si de ello dependiera
muchísimo del mundo,
la sucesión de las cuatro estaciones,
el canto de los gallos, el amor de los hombres.
31/12/1951.
Julio Cortázar
en Salve El Crepúsculo
solamente tu mano, tenerla
como un sapito que duerme así contento.
Necesito esa puerta que me dabas
para entrar a tu mundo, ese trocito
de azúcar verde, de redondo alegre.
¿No me prestas tu mano en esta noche
de fin de año de lechuzas roncas?
No puedes, por razones técnicas. Entonces
la tramo en aire, urdiendo cada dedo,
el durazno sedoso de la palma
y el dorso, ese país de azules árboles.
Así la tomo y la sostengo, como
si de ello dependiera
muchísimo del mundo,
la sucesión de las cuatro estaciones,
el canto de los gallos, el amor de los hombres.
31/12/1951.
Julio Cortázar
en Salve El Crepúsculo
After Such Pleasures
Esta noche, buscando tu boca en
otra boca,
casi creyéndolo, porque así de
ciego es este río
que me tira en mujer y me
sumerge entre sus párpados,
qué tristeza nadar al fin hacia la
orilla del sopor
sabiendo que el placer es ese
esclavo innoble
que acepta las monedas falsas,
las circula sonriendo.
Olvidada pureza, cómo quisiera
rescatar
ese dolor de Buenos Aires, esa
espera sin pausas ni esperanza.
Solo en mi casa abierta sobre el
puerto
otra vez empezar a quererte,
otra vez encontrarte en el café de
la mañana
sin que tanta cosa irrenunciable
hubiera sucedido.
y no tener que acordarme de este
olvido que sube
para nada, para borrar del
pizarrón tus muñequitos
y no dejarme más que una
ventana sin estrellas.
Julio Cortázar
en Salvo El Crepusculo
otra boca,
casi creyéndolo, porque así de
ciego es este río
que me tira en mujer y me
sumerge entre sus párpados,
qué tristeza nadar al fin hacia la
orilla del sopor
sabiendo que el placer es ese
esclavo innoble
que acepta las monedas falsas,
las circula sonriendo.
Olvidada pureza, cómo quisiera
rescatar
ese dolor de Buenos Aires, esa
espera sin pausas ni esperanza.
Solo en mi casa abierta sobre el
puerto
otra vez empezar a quererte,
otra vez encontrarte en el café de
la mañana
sin que tanta cosa irrenunciable
hubiera sucedido.
y no tener que acordarme de este
olvido que sube
para nada, para borrar del
pizarrón tus muñequitos
y no dejarme más que una
ventana sin estrellas.
Julio Cortázar
en Salvo El Crepusculo
POLICRONIAS
Es increíble pensar que hace doce años
cumplí cincuenta, nada menos.
¿ Cómo podía ser tan viejo
hace doce años?
Ya pronto serán trece desde el día
en que cumplí cincuenta. No parece
posible.
El cielo es más y más azul,
y vos más y más linda.
¿No son acaso pruebas
de que algo anda estropeado en los relojes?
El tabaco y el whisky se pasean
por mi cuarto, les gusta
estar conmigo. Sin embargo
es increíble pensar que hace doce años
cumplí dos veces veinticinco.
Cuando tu mano viaja por mi pelo
sé que busca: las canas, vagamente
asombrada. Hay diez o doce,
tendrás un premio si las encontrás.
Voy a empezar a leer todos los clásicos
que me perdí de viejo. Hay que apurarse,
esto no te lo dan de arriba, falta poco
para cumplir trece años desde
que cumplí los cincuenta.
A los catorce pienso
que voy a tener miedo,
catorce es una cifra
que no me gusta nada
para decirte la verdad.
Nairobi, 1976
Julio Cortázar
en Salvo El Crepusculo
cumplí cincuenta, nada menos.
¿ Cómo podía ser tan viejo
hace doce años?
Ya pronto serán trece desde el día
en que cumplí cincuenta. No parece
posible.
El cielo es más y más azul,
y vos más y más linda.
¿No son acaso pruebas
de que algo anda estropeado en los relojes?
El tabaco y el whisky se pasean
por mi cuarto, les gusta
estar conmigo. Sin embargo
es increíble pensar que hace doce años
cumplí dos veces veinticinco.
Cuando tu mano viaja por mi pelo
sé que busca: las canas, vagamente
asombrada. Hay diez o doce,
tendrás un premio si las encontrás.
Voy a empezar a leer todos los clásicos
que me perdí de viejo. Hay que apurarse,
esto no te lo dan de arriba, falta poco
para cumplir trece años desde
que cumplí los cincuenta.
A los catorce pienso
que voy a tener miedo,
catorce es una cifra
que no me gusta nada
para decirte la verdad.
Nairobi, 1976
Julio Cortázar
en Salvo El Crepusculo
terça-feira, 8 de julho de 2014
"No fundo, poderíamos ser como na superfície", pensou Oliveira, "mas teríamos que viver de outra maneira. E o que quer dizer viver de outra maneira? Talvez viver absurdamente para acabar com o absurdo, sair de si mesmo com tal violência que o salto acabasse nos braços de outro. Sim, talvez o amor, mas o otherness dura para nós o que dura uma mulher, e além disso só no que toca a essa mulher. No fundo, não há otherness, apenas o agradável togetherness. É certo que isso já é alguma coisa..." Amor, cerimônia ontologizante, doadora de ser. E por isso lhe ocorria agora aquilo que na verdade lhe deveria ter ocorrido logo no início: sem se possuir a si mesmo, jamais poderia possuir a outridade. E, afinal, quem é que se possuía de verdade? Quem é que tinha a perfeita consciência de si mesmo, da solidão absoluta que significa nem sequer contar com a própria companhia, que significa ter de entrar num cinema ou num bordel, ou em casa de amigos ou numa profissão absorvente ou no matrimônio para estar pelo menos só-entre-os-demais? Assim, paradoxalmente, o cúmulo da solidão conduzia ao cúmulo do gregarismo, à grande solidão das companhias alheias, ao homem só na sala de espelhos e dos ecos. Todavia, pessoas como ele e tantas outras, que se aceitavam a si mesmas (ou que se repeliam, mas conhecendo-se de perto), entravam sempre no pior paradoxo, estar talvez à beira da outridade e não poder alcançá-la. A verdadeira outridade feita de delicados contatos, de maravilhosos ajustes com o mundo, não podia ser cumprida por um só lado: a mão estendida deveria receber outra mão, vinda de fora, vinda do outro.
Julio Cortázar
em O Jogo da Amarelinha, capítulo 22
Julio Cortázar
em O Jogo da Amarelinha, capítulo 22
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